El pequeño Samuel

Mientras el mundo se conmocionó con la muerte de un niño sirio, pocos conocieron a Samuel, el Aylan español, cuyo cadáver llegó a la playa de Barbate (Cádiz). Su padre viajaría desde el Congo para dignificar la muerte de ambos y conseguir Justicia.

LOS HECHOS

El 12 de enero del año 2017, este Colectivo recibió una llamada de auxilio procedente de una lancha de juguete a remos donde viajaban once personas. Nos detallaron que eran ocho hombres, dos mujeres y un niño y que habían salido esa madrugada desde el Cabo Espartel en Tánger, con el objetivo de llegar a Tarifa. Inmediatamente informamos a los servicios de rescate. Las personas que viajaban en la embarcación insistían estar muy cerca de la costa, pero al mismo tiempo gritaban auxilio porque la débil embarcación hacía aguas. No lograron enviar una posición desde el teléfono, y las llamadas se sucedieron, cada vez la angustia que mostraban al otro lado del teléfono era mayor. Se hundían, y sentían que iban a morir. Al caer la tarde, Salvamento Marítimo Tarifa decidió terminar la búsqueda, dejando toda la responsabilidad a Marruecos, a pesar de que este país no contaba con medios aéreos necesarios para la urgencia. Al día siguiente, se iniciaron las labores de búsqueda, puesto que se alertó de una segunda embarcación de similares características en la que viajaban, en este caso 10 personas, entre ellas 7 hombres y dos mujeres. Igualmente, las labores de búsqueda se cancelaron al caer la tarde.

El sábado 14 de enero comenzaron a aparecer cadáveres, posiblemente procedentes de las embarcaciones.

No fue hasta el 28 de enero cuando el cuerpo de Samuel apareció en una playa de Barbate y el de su madre, tiempo más tarde, en una playa de Argelia. Fue un gendarme argelino quien encontró el móvil de la mujer, logró acceder a la tarjeta de memoria y avisar a la familia de que Veronique, cuyo rostro se había desdibujado por los días en el agua, estaba en una morgue de Argelia. Desde el Colectivo pudimos hablar con el gendarme argelino, y le explicamos que aquella mujer portadora del teléfono, viajaba en una patera entre Marruecos y España. El hombre estaba muy impresionado por el hallazgo, y tanto él como el jefe de su puesto de gendarmería hicieron todo lo posible por facilitar de forma rápida esta información a la embajada argelina en Kinshasa (República Democrática del Congo).

Días después de la tragedia, la comunidad congoleña de Marruecos facilitó a la familia nuestro contacto. Hablamos primero con el tío de Samuel, porque el padre, un pastor reconocido en su país, no tenía fuerzas para articular palabra.
Explicamos, como solemos hacer, la situación en la que se había producido el terrible desenlace. Desgranamos las horas, las comunicaciones y trasladamos a la familia que estábamos casi seguras de que aquel niño de la playa de Barbate era el pequeño Samuel. Como muchas otras familias, querían saber todos los detalles de las últimas comunicaciones, sus miedos, gritos, y los sentimientos que manifestaban en esos últimos momentos.

Las familias

Aimé Kabamba no imaginaba cómo era la frontera y los riesgos que su mujer y su hijo se verían obligados a correr.

Cuando la embarcación desapareció, la comunidad congoleña, muy activa en Marruecos, alertó a la familia. Posiblemente ambos viajaban en una embarcación desparecida, y fue el respresentante de la comunidad en Tánger quien le dio el número de contacto de nuestro Colectivo al padre y al tío de Samuel.

Aimé, desde el primer momento, quiso viajar junto a su hermano a España y Argelia para averiguar si los cuerpos encontrados en ambos países pertenecían a sus seres queridos. La embajada española no le recibió. Sin embargo, en la embajada argelina argelina, gracias a la información recibida desde aquel país, tuvo una entrevista con el responsable, que le prometió expedir un visado para desplazarse a reconocer el cuerpo.
Con el Estado español el proceso fue más lento, pese a la asistencia y visibilidad que dieron las organizaciones sociales, así como una periodista española que vivía en Kinshaha. Los esfuerzos lograron lo que la mayoría de familias no consiguen, y es un visado para identificar y dar un entierro digno a sus seres queridos.

Aimé viajó junto con su hermano primero a Argelia, allí identificó a Veronique y pudo darle un entierro digno. Le acompañaron los gendarmes y algunas hermanas de la Iglesia que se encontraban en la zona. Después viajó a España. En Cádiz, el cuerpo de Samuel se encontraba en la ciudad andaluza. Allí fue recibido por nuestro Colectivo y la asociación Cardjin, siendo acogido hasta se resolviera el procedimiento de ADN que lo confirmase: el cuerpo pertenecía a Samuel, su hijo.

En la noche de su llegada a Cádiz, fuimos recibidos por la Guardia Civil , que mostraron las fotos del cuerpo del pequeño. Aimé supo que era él porque reconoció su ropa: era igual la que llevaba en las últimas fotos que su mujer le mandó en vida desde Tánger.

De tal forma, solicitamos a la Guardia Civil que los resultados del ADN llegasen cuanto antes, puesto que en la mayoría de las ocasiones se demoran varios meses. Dada la sensibilidad del caso, se aceleraron los trámites y se confirmó lo temido: era el cadáver de Samuel Kabamba.

Después, llegó la decisión de enterrarle en España, puesto que los costes de enviar el cuerpo a República Democrática del Congo eran enormes. Así, el 11 de marzo de 2017 el padre pudo enterrar a su hijo en el cementerio de Barbate, rodeado de decenas de vecinos gaditanos que le mostraron su solidaridad. Samuel era enterrado con todos los honores, su triste tragedia era cubierta por la prensa y se le apodaba el ‘Aylan español’. La muerte de un pequeño de cuatro años quizás hubiera sido evitada si los servicios de rescate hubiesen puesto todos los medios al alcance para salvar su vida.