Una tumba sin nombre en Formentera

El 30 de marzo, el cuerpo de una mujer embarazada de cinco meses apareció en la playa de ses Canyes de Formentera. No tenía nombre, pero su familia, en algún lugar del mundo, la sigue buscando.

El 15 de abril fue enterrada. Y algo poco habitual ocurrió ese día: no estaba sola. Un grupo de personas de la isla acudió a acompañarla en su último adiós, junto a representantes de distintas espiritualidades y tradiciones religiosas. También estaba el enterrador, que es conocido en la isla por su compromiso con la dignidad de las víctimas de los naufragios y que como tantas otras veces carga solo con el peso de dar sepultura a quienes llegan sin nombre a estas costas. Esta vez no tuvo que hacerlo en soledad. Con esta mujer, ya ha enterrado a 21 personas migrantes sin identificar. En cada tumba escribe la fecha en que apareció el cuerpo: no tiene nombres que registrar, solo fechas. Un acto sencillo y profundo de memoria, para que si algún día una familia llega buscando a su ser querido, encuentre al menos eso.

El cementerio de Formentera se está llenando de tumbas sin nombre. Y esto no es una excepción: es la realidad que llevan años conociendo otros territorios de frontera como Andalucía, las Islas Canarias, Ceuta, Melilla, Murcia o Valencia. Desde 2025, las Islas Pitiusas reciben cadáveres en sus costas casi cada mes. Muchos de ellos nunca serán identificados.

La ruta hacia las Islas Baleares se ha consolidado como el tramo más peligroso del Mediterráneo occidental, durante años negada e invisibilizada por las instituciones. Una ruta que además presenta una característica singular: las llegadas de personas procedentes del Cuerno de África, principalmente Somalia, pero también Sudán y Sudán del Sur, convirtiendo a Argelia en país de tránsito para quienes llegan desde el África oriental, occidental y el Sahel.

Las autoridades deben preguntarse si estos naufragios podrían haberse evitado y abrir investigaciones que garanticen el derecho a la vida en el mar. Mientras eso no ocurra, los cementerios seguirán llenándose de tumbas sin nombre, y las familias seguirán sin saber que ese fue el final de las personas que buscan. En un contexto donde los discursos de odio tratan de borrar e invisibilizar a las víctimas de las fronteras, que la sociedad civil se organice para acompañar a los muertos es también un acto de resistencia y de reparación.

Esa mujer embarazada tenía una vida, tenía un nombre, tenía personas que la quieren y que hoy la buscan. Mientras tanto, en Formentera, una fecha escrita en una tumba dice que alguien estuvo ahí. Y que no fue invisible para todos.

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